Recibo de un amigo un correo-e con el mismo título (elegido algo amarillista para captar mi atención) en el que me cuenta que «[e]stas semanas he leído varios artículos que me están preocupando muchísimo. Tengo la sensación de que mientras nos centramos en las líneas de código que manejan nuestros ordenadores de sobremesa y nuestros móviles estamos ciegos ante las que manejan en sentido literal nuestras vidas y las de nuestra familia durante varias horas al día. Hace muchos años, cuando usábamos la analogía de los futuros coches en los que no te dejarían abrir el capó para ilustrar el problema del software propietario, internamente yo pensaba que estábamos engañando a la gente al intentar asustarles con una posibilidad futura así de siniestra. Sin embargo ya entonces en los coches de gama alta esto ya era así: imposible arreglarlos si no dispones de los equipos de diagnóstico apropiados. Estas semanas han caído en mis manos varios artículos...» (sigue en el cuerpo de la historia)